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Área Educación superior y ciencia
Sede Argentina
Tipo Noticias
Categoría Institucional/OEI

Ciencia, reciclaje e inteligencia artificial: la innovación escolar que convirtió colillas en agendas

Lo que empezó como una pregunta en el aula terminó convirtiéndose en un proyecto innovador cuando estudiantes de la Escuela Superior El Nacional de La Carlota, Córdoba, lograron transformar miles de colillas de cigarrillos en agendas artesanales.

La Carlota es una ciudad cordobesa que fue fundada en 1737 y cuenta con una rica historia. En tiempos de las Invasiones Inglesas muchos prisioneros fueron llevados a ese lugar y, fascinados con la belleza de la zona, se quedaron en esas tierras. Luego de la Revolución de Mayo, su cabildo -uno de los 22 existentes en América Latina- estuvo entre los primeros en conocer la noticia de que el virrey había sido depuesto.

Hoy sus 15 mil habitantes están orgullosos no solo de su pasado, también de su maravilloso presente. Un grupo de alumnos secundarios junto a Macarena Uría, profesora de química en la Escuela Superior El Nacional, impulsaron “Tu colilla, nuestra agenda inteligente”. El proyecto logró combinar la mitigación de la contaminación, el reciclado y la inteligencia artificial y además involucró a toda la comunidad.

—“Tu colilla, nuestra agenda inteligente” transformó colillas de cigarrillos en agendas ¿Cómo se gestó esa idea?

— La idea surgió de manera orgánica, casi como una decantación de nuestra experiencia previa en la Feria de Ciencias 2023, donde ya habíamos explorado la inteligencia artificial. Los estudiantes de 5to año de Ciencias Naturales traían una inquietud genuina: querían abordar un conflicto ambiental real, investigable desde nuestro propio laboratorio. Entre los interrogantes que plantearon uno de ellos parecía muy simple y resultó profundísimo: “¿Qué sucede con el entorno cuando alguien arroja una colilla?”. Acompañándolos en esa búsqueda, descubrimos la magnitud del daño y comenzamos a explorar soluciones. Les propuse investigar la micorremediación —una técnica biotecnológica que emplea hongos para degradar contaminantes— y la posibilidad de transformar ese residuo en algo útil, como una agenda, surgió casi por inercia. El objetivo era cerrar el ciclo: de la basura al producto, del problema a la solución.

— Ya estaba la idea pero se necesitaba concretarla…

— El proyecto se centró en la recolección de colillas en espacios públicos de La Carlota para someterlas a un proceso de micorremediación. Utilizamos el hongo Pleurotus ostreatus (gírgola gris) para degradar los compuestos tóxicos acumulados durante el consumo del cigarrillo. Una vez que el material estaba descontaminado, procesamos la materia prima para extraer celulosa y fabricar papel artesanal. Con ese insumo producimos agendas y, en una segunda fase, calendarios fabricados íntegramente con residuos tratados. Pero la propuesta no fue estrictamente química: integramos tecnología mediante un chatbot educativo, EcoColi, y códigos QR; trabajamos junto al Concejo Deliberante para impulsar una ordenanza municipal y fabricamos “ecocolilleros” con los bomberos voluntarios. Fue un ejercicio de economía circular completa que articuló ciencia, tecnología, educación ambiental e incidencia política.

— Recolectar colillas parece una tarea sencilla pero no cuando se trata de miles de ellas ¿Cómo se organizaron?

— Fue una labor comunitaria y sumamente estructurada. Dividimos a los estudiantes en grupos, asignándoles puntos estratégicos de la ciudad: la Plaza San Martín, la terminal de ómnibus o la Plaza Manuel Belgrano. Instalamos dispositivos de recolección en clubes, hospitales y locales gastronómicos, quedando los alumnos a cargo de su mantenimiento y vaciado bajo protocolos de bioseguridad. Las cifras dimensionan el esfuerzo: en la primera fase recolectamos 24.000 unidades y logramos micorremediar 10.000; para 2025, ya habíamos alcanzado el tratamiento de 24.000 colillas. Lo más gratificante fue observar cómo la comunidad se apropió del proyecto: los vecinos empezaron a acercarse espontáneamente para entregarnos sus residuos y consultar por los puntos de depósito.

— No parece fácil traducir conceptos de alta complejidad en una experiencia pedagógica concreta…

— La clave reside en partir de un problema tangible. Todos podemos ver colillas en las plazas, en la vereda de la escuela o dispersas por diferentes lugares. No son una abstracción. Cuando un estudiante comprende que una sola colilla puede contaminar hasta 1.000 litros de agua, se produce un quiebre emocional. A partir de esa movilización, los conceptos técnicos —desde los puentes de hidrógeno para entender la formación del papel hasta el sistema enzimático de los hongos o el análisis del pH como indicador de descontaminación— dejan de ser contenido teórico de manual para convertirse en herramientas de resolución.

—Y el laboratorio deja de ser un espacio más…

El laboratorio escolar deja de ser un espacio de actividades ilustrativas para transformarse en un centro de investigación. La ciencia es significativa cuando los alumnos entienden que sus experimentos tienen consecuencias directas en su comunidad.

— ¿Dónde se gestó todo el proyecto?

— El proyecto tiene su base en la Escuela Superior El Nacional, que funciona en el corazón de La Carlota, en la provincia de Córdoba. Es una institución que decidió apostar sistemáticamente por la innovación educativa. No es un evento aislado: nuestra identidad se construye en la participación activa en ferias de ciencias, el Parlamento Juvenil y programas de emprendedurismo.

— En este ecosistema de trabajo, ¿qué rol jugó el apoyo de la OEI tras ganar el segundo lugar en el III Premio de Innovación y ODS?

— El respaldo de la OEI fue determinante porque fue mucho más allá del reconocimiento simbólico. Gracias al premio obtenido, adquirimos un autoclave, un equipo esencial para esterilizar semillas y garantizar que la micorremediación sea un proceso sostenible en el tiempo.

—¿Por qué fue tan importante este equipo?

Porque fue nuestro punto de inflexión porque nos otorgó autonomía. Nos permitió dejar de depender de proveedores externos para las semillas miceliadas, sino que las producimos en nuestra propia escuela, reduciendo costos y garantizando la autosustentabilidad. Además, este equipamiento nos permitió diversificar el proyecto hacia el cultivo de hongos en otros sustratos, como cartones de huevo, para producir gírgolas de consumo alimentario. Es la economía circular en su expresión más pura. El premio no fue solo un galardón; fue una inversión en nuestra continuidad.

— Es frecuente escuchar frase como que “a los adolescentes solo les interesa el celular” o “no les importa el secundario”, pero esta experiencia demuestra lo contrario ¿Qué cambios aparecieron en tus estudiantes al convertirse en investigadores?

— Los cambios fueron sistémicos. Vi a estudiantes que inicialmente habitaban el aula desde la timidez o el desinterés transformarse en voceros elocuentes frente al Concejo Deliberante o en los medios locales. Desarrollaron una autonomía envidiable: cuando la realidad les presentaba un obstáculo —como cuando las impresoras rechazaban el papel de colillas por su textura—, ellos mismos buscaban la alternativa, implementando, en ese caso, técnicas de estampado. Pero lo más profundo fue la reconfiguración de su mirada sobre el entorno; dejaron de ser transeúntes para ser observadores críticos. Hoy, cuando entro al aula el primer día de clases, la pregunta ya no es qué contenidos vamos a evaluar, sino: “Profe, ¿qué vamos a transformar este año?”. Ese es, para mí, el indicador máximo de éxito pedagógico.

— El proyecto no se quedó entre las paredes del laboratorio, sino que involucró a toda la comunidad. ¿Por qué es vital que la ciencia escolar trascienda la institución?

— Porque los conflictos ambientales no se resuelven de forma pasiva; la teoría sin acción es insuficiente. Si nos hubiéramos limitado al experimento y al informe de carpeta, el aprendizaje habría ocurrido, pero no la huella. Al salir al espacio público, al gestionar una ordenanza municipal o articular con los bomberos, el conocimiento se convierte en praxis. La Educación Ambiental Integral busca precisamente eso: que el estudiante se autoperciba como un agente de cambio. Cuando un vecino te pregunta por el proyecto o el municipio difunde tu iniciativa, la ciencia escolar adquiere una validación social que ningún examen puede otorgar.

— Me imagino que ese desembarco en la comunidad no estuvo exento de problemas…

— Fue un proceso de aprendizaje mutuo. Al principio, lidiamos con el desconocimiento: encontrábamos otros residuos en los ecocolilleros o sufríamos actos de vandalismo. Tuvimos que utilizar la radio local no solo para informar, sino para educar y pedir colaboración. Con el tiempo, la resistencia se transformó en complicidad. La comunidad pasó de ser una espectadora escéptica a una aliada activa que nos traía sus colillas directamente a la escuela. El proyecto dejó de ser «el de la escuela» para ser «el de la ciudad».

— Volvamos al apoyo de la OEI. ¿Qué peso específico tuvo ese reconocimiento?

— Fue un hito emocional y operativo. Para los chicos, ver su trabajo escolar enmarcado en una agenda global de sustentabilidad les otorgó una nueva perspectiva de sus propias capacidades. Para la institución, fue la validación de que es posible realizar investigación de rigor desde el nivel secundario. Operativamente, el premio nos dio soberanía: hoy, gracias al autoclave, producimos nuestras propias semillas miceliadas y cultivamos hongos para consumo alimentario. Estamos en la «Parte 3» del proyecto; esto no fue un evento aislado, sino un proceso que crece y se sofistica con cada nueva cohorte de estudiantes.

— Un preconcepto frecuente asegura que la excelencia científica requiere presupuestos inalcanzables, pero esta experiencia parece demostrar lo contrario.

— Creo que demuestra que la innovación no es una cuestión de chequera, sino de mirada. Aunque el salto de calidad que dan los recursos es innegable, nosotros iniciamos con elementos básicos y un invernadero de nylon reciclado. Logramos resultados consistentes con publicaciones científicas. Lo que la ciencia escolar requiere no es necesariamente tecnología de punta, sino tiempo, escucha, tolerancia a la frustración y la voluntad de conectar el currículum con el territorio. Eso no cuesta dinero; requiere decisión y movimiento.

— Si te piden rescatar una imagen de todo este recorrido, un momento de epifanía, ¿cuál sería?

— Sin duda, el momento en que logramos la fructificación del hongo en 2025. El año anterior había sido esquivo en ese aspecto y el grupo lo sabía. Cuando el Pleurotus ostreatus finalmente emergió sobre las colillas, se produjo un asombro colectivo, una alegría que unió a los estudiantes de ambos años. Observamos la esporulación, un fenómeno difícil de ver en los tiempos rígidos de la escuela. Fue un momento de contemplación silenciosa; la belleza de la naturaleza confirmando que nuestra hipótesis era correcta.

— Finalmente, ¿qué le dirías a ese docente que se siente abrumado por el sistema y duda de iniciar un camino así?

— Que se atrevan, primero por sus alumnos, pero fundamentalmente por ellos mismos. Es cierto que estas propuestas demandan un tiempo y una energía que el sistema a veces no reconoce. Puede parecer un esfuerzo desmedido. Pero la gratitud de un estudiante que se «engancha», que descubre su vocación o su poder político, ilumina cualquier zona gris. Confío en que, con el tiempo, la sociedad volverá a poner en valor nuestra labor. Mientras tanto, el refugio es el disfrute del trabajo compartido y la lucha colectiva por una educación que, de verdad, transforme la realidad.