El legado de Ramón Gutiérrez: preservar la memoria para construir el futuro

Pocas semanas antes de su fallecimiento, el arquitecto e investigador participó del ciclo PUENTES para conversar sobre su trayectoria, el origen del Centro de Documentación de Arquitectura Latinoamericana (CEDODAL) y la necesidad de desarrollar una mirada propia sobre la arquitectura y el patrimonio de la región.
Hay preguntas que pueden dar paso a una inmensa trayectoria. Para Ramón Gutiérrez, una de ellas apareció durante sus últimos años como estudiante de arquitectura, cuando descubrió que había recorrido con sus estudios buena parte de la arquitectura mundial, pero apenas conocía la de su propio país. Años después, su llegada al Chaco terminó de abrir ese interrogante y lo llevó a trabajar sobre la arquitectura argentina, primero, y sobre la latinoamericana, después. Allí encontró una perspectiva que mantendría durante toda su vida: la necesidad de mirar desde adentro, de reconocer aquello que había quedado fuera de los relatos y de construir conocimiento a partir de las propias experiencias de la región.
Ese camino estuvo acompañado siempre por otras personas. Profesores, alumnos, colegas, investigadores, libreros y especialistas de distintos países fueron formando una red que permitió producir libros, organizar encuentros y reunir materiales que, de otro modo, probablemente se hubieran perdido. Con Graciela Viñuales, su compañera de vida y de trabajo, Gutiérrez construyó además una trayectoria que combinó investigación, docencia y defensa del patrimonio. El CEDODAL nació de esa misma lógica: reunir documentación, ponerla en relación y hacerla accesible para que otros pudieran investigar. Tiempo después, la Organización de Estados Iberoamericanos (OEI) y la Biblioteca del Congreso de la Nación (BCN) se sumaron para acompañar, cuidar y dar continuidad a ese legado. El vínculo entre las tres instituciones permitió que una obra constituida durante décadas pudiera estar al alcance de nuevas generaciones.
Pocas semanas antes de su fallecimiento, Ramón Gutiérrez volvió sobre ese recorrido en una conversación con OEI, en el marco del ciclo PUENTES. Habló de la necesidad de mirar la arquitectura y la historia desde adentro, de la importancia de preservar la documentación y de la red que hizo posible reunir y compartir ese patrimonio en toda América Latina.
¿Cuándo comenzó a surgir en usted esa necesidad de mirar la arquitectura argentina y latinoamericana desde otro lugar?
Sucedieron hechos que fueron bastante decisivos. Uno de ellos fue que, en el último año de la carrera, por primera vez pude ver algo de arquitectura argentina. Yo decía: “¿Cómo puede ser que haya visto desde Egipto hasta lo que fuese y no sepa nada de la de mi país?”. Además, en un trabajo práctico, un profesor me dio como trabajo analizar un edificio de arquitectura argentina. Y eso fue, de alguna manera, una señal. En 1966, estando ya recibido, siendo docente en la facultad y habiendo sido secretario del centro de estudiantes y después consejero por los graduados, me fui al Chaco, donde viví 30 años.
¿Qué encontró en el Chaco?
El escenario se me abrió. Era una facultad nueva, creada en el año 56, junto con Ingeniería y demás. Se abrió a los temas de vivienda, a los temas de historia. En 1967 organicé un curso que se llamaba Aproximación a la Cultura Nacional. Fue realmente muy interesante. Llevé a hablar a Arturo Jauretche y su conferencia fue clarísima para mí, porque se refirió a la “colonización pedagógica”. Dijo: “Yo desde chico sabía del Yeniséi, del Obi, del Yangtsé, del Lena, del Po. Nadie me habló del río Salado, que lo tenía al lado de mi pueblo”. Dije: “No, hay que empezar a conocer el interior y la Argentina”. Y comencé con eso.
Su propio recorrido terminó llevando a que aquello que usted no había encontrado en su formación pudiera incorporarse a la enseñanza…
Sí. Dije: “Empecemos por acá”. Y a los dos años, en el 69, la hicimos ya Latinoamericana. El primer libro de Paraguay se sigue utilizando hace 50 años; lo acaban de editar este año nuevamente, es la quinta edición que hacen. Y sigue manteniendo vigencia. Yo me daba cuenta de que todo lo que conocía de arquitectura argentina era lo que me contaban de afuera, no lo que contábamos de adentro. Entonces mi manera de mirar las cosas estaba equivocada.
¿Por una cuestión de identidad, básicamente?
Exactamente, por la identidad. Esa fue la explicación de por qué tomé ese camino.
¿Cómo se tradujo eso en una forma de trabajar?
Yo digo que tuvimos una posibilidad en la vida de haber hecho algo que parte de una idea clave: que hemos mirado mal. Nos hemos mirado mal, nos hemos entendido mal y no hemos partido de nosotros para mirar. En lugar de mirar desde adentro, hemos estado mirándonos desde afuera. Y sobre todo los argentinos, básicamente porque hemos querido ser europeos y no ser americanos. Pero eso es una cosa que, por suerte, creo que hoy se ha cambiado mucho.
En 1985 nació un Seminario de Arquitectura Latinoamericana que hace 40 años se reúne cada dos años sin tener ni presidente, ni secretario, ni tesorero, ni nada. Siempre hay alguien que levanta la mano para hacer el próximo.
Una organización muy horizontal. ¿Qué importancia tuvo esa forma de trabajo?
Absolutamente horizontal. Pero es la manera de demostrarlo. Uno dice: “Pero se ha formado un grupo de amigos”. Claro, estas cosas pasan porque hay confianza, y si hay confianza hay amistad. La amistad se hace. Te diría que el trabajar en equipo ha sido la base de todo nuestro trabajo. Nosotros siempre hemos buscado eso: ir captando gente e ir generando, de alguna manera, una red que vaya apoyando lo que se va generando.
¿Qué tan relevante fue esa cadena de profesores, alumnos y colegas en su recorrido profesional?
Muy. Cuando voy a dar la primera clase de un curso introductorio de la facultad en Chaco, tenía 40 alumnos anotados. Pregunté cuántas ciudades conocían aparte de Resistencia y Corrientes. Solamente dos alumnos de los 40 habían salido de allí. Segunda situación: en Resistencia había un solo edificio de altura que tenía ascensor. Pregunté cuántos alumnos conocían el ascensor: solamente tres.
Entonces, te imaginás que yo tenía unos alumnos con los que tenía que trabajar para que conocieran lo suyo, para que tuvieran una idea de lo que era el urbanismo, para que tuvieran la idea de que tenían que trabajar en otra escala. Empezamos a moverlos. Al año siguiente los trasladamos a Rosario, los llevamos a Buenos Aires. Es decir, hubo toda una tarea que en Buenos Aires no era necesaria. Vos tenés que comenzar con una realidad que es muy variada. Y esa realidad muy variada hace que también la experiencia del alumno sea muy distinta. Eso no significaba que las herramientas que ellos tuvieran fueran menores, obviamente, que las que tenían acá. Pero eran humanamente más abiertos, y la misma universidad tenía una capacidad de ser como una plastilina a la cual le podías ayudar a dar forma. Yo no hubiera podido crear en Buenos Aires una cátedra de Arquitectura Argentina. El aporte de todos fue muy valioso para concretarlo.
¿Y cómo fue construir todo esto junto a Graciela Viñuales, su esposa, durante tantos años?
Realmente tiene que haber un espíritu de equipo que va más allá del trabajo. Nosotros tuvimos tres hijos. Mi señora se hizo claramente cargo del manejo de la casa. No teníamos recursos, no éramos personas con fortuna como para poder hacerlo. En definitiva, nos hemos movido sobre una realidad de construir desde abajo. Yo ingresé al CONICET en el año 73. Mi señora ingresó un poco después y siempre vinculamos la parte de docencia con investigación. Yo me dediqué más a investigación y a mi señora le gustaba más la parte de docencia. Pero, aparte de eso, ella tiene mucho mérito en el sentido de que no solamente acompañaba la tarea, sino que generaba sus propios grupos. Nos dividimos: yo trabajé más para la parte histórica de investigación y mi señora trabajó para la defensa del patrimonio.
Fuimos armando el equipo, y no solo nosotros, sino también con la gente del interior. Empezamos a dar clases en Mar del Plata, después fuimos a dar clases a otros lugares, como Tucumán. En la época de la dictadura, en el 76, nosotros nos fuimos. Una vez me contrataron para dirigir unos cursos de posgrado en Cusco, en Perú. Vivimos dos años allí; Graciela dirigía obras de restauración de monumentos coloniales. Desde allí también seguimos manteniendo esto y, cuando volvimos, en el 78, creamos un instituto con diez personas: dos de Mar del Plata, dos de Buenos Aires, dos de Córdoba, dos de Tucumán, dos de Santa Fe. Para aquellos profesores que habían ido quedando afuera de las universidades, armábamos seminarios e hicimos 40 jornadas en todo el país durante todos esos años, hasta el 86, 87. Todo lo hicimos juntos.
¿Cómo surgió específicamente la idea del CEDODAL?
El CEDODAL nace con la idea de ser un centro de documentación que tenga una mirada latinoamericana. Y esto explica por qué vengo a la OEI. Para que yo pudiera armar las colecciones de revistas, para que pudiera armar la biblioteca, más allá de que compré bibliotecas enteras, como la de Martín Noel y la de otros arquitectos que tenían muchas cosas, todos los que ayudaron en la red de todos los países fueron fundamentales. Gente a la cual yo no le he visto la cara nunca y que me mandaban paquetes de libros. Esa cosa de la confianza, de decir: “Bueno, esto hay que hacerlo. Tenemos que crear los archivos, tenemos que salvar la documentación”. Si no salvamos la documentación, no hay investigación posible; si no hay investigación, no aclaramos nuestras ideas.
A la hora de recopilar tanto material histórico, ¿cómo se decide qué preservar?
En el año 92 tuve la posibilidad de que me invitaran a una reunión en Montreal. Allí existía un centro que se había creado hacía poco, con muchísimos recursos económicos, sobre la arquitectura mundial. Una multimillonaria había puesto una suma muy grande y esto se creó, además, muy eficientemente. Tenía una visión muy amplia que iba desde la biblioteca hasta los archivos, Buscaba todo lo que tenía relación con la arquitectura. En ese momento fui a verlos y les dije: “Mi preocupación es que la historia de la arquitectura en los archivos de nuestros países no existe prácticamente, salvo la arquitectura oficial, aquella que tenían los Ministerios de Obras Públicas. Pero la arquitectura privada, que era en realidad el volumen importante, está absolutamente carente de documentación”.
El único punto de referencia que teníamos era la revista. Las revistas daban la información de su tiempo, la mirada de su tiempo, la crítica de su tiempo. Cuando había concursos, ponían no solamente el premio que había ganado, sino también aquellos que habían salido segundo, tercero o cuarto, lo cual permitía tener un espectro de comprensión más amplio. Además, era el lugar donde las iniciativas, lo que se creaba o se planteaba desde el punto de vista teórico o desde el punto de vista crítico, estaba de alguna manera reflejado.
¿Cómo consiguió reunir todo ese material?
En el año 74 había sacado una beca y con Graciela habíamos recorrido prácticamente toda América del Sur y México, y un poco de Centroamérica. Habíamos hecho contacto con todos los profesores de Historia de Arquitectura que teníamos. Armamos una red y esa red funcionó muy claramente. Cuando, a partir del Seminario de Arquitectura Latinoamericana, los convocábamos para que vinieran, también estábamos trabajando sobre esa red.
Después ganamos un concurso en España sobre la influencia de la arquitectura andaluza en la arquitectura americana. El que me dio el premio era el director de Obras Públicas y me dice: “Bueno, arquitecto, dígame, yo lo contrato para que usted organice un seminario de esto, ¿cuántos meses necesita para organizarlo?”. Le respondí: “Yo necesito un teléfono nada más. Denme un teléfono y aquí mismo le organizo el seminario por la red”. La lógica de trabajar en red… Y eso fue fundamental, porque de ese concurso y de ese seminario salieron doce libros, cantidades de reuniones donde se conocieron los americanos que no se conocían entre sí.
Los canadienses me dijeron que reunir las revistas les salía muy caro. Yo les propuse poner en cada país una persona que les juntara las revistas y que ellos fueran y las microfilmaran. No había todavía computadoras. Eso de alguna manera salvaba las revistas, porque son muy efímeras: la gente las tira. No es nada fácil recuperarlas. Pero me dijeron: “¿Por qué no hace una cosa y las junta usted?”. Yo estaba en Resistencia. ¡Qué hago yo desde Resistencia! Allá, a mil kilómetros de Buenos Aires. Yo tenía acá armados en red a los libreros. Los libreros me guardaban los libros. Cuando veían un libro que parecía interesante, me lo guardaban. Ya eran mis amigos. Sin los libreros no hubiera podido hacer lo que hice. Y bueno, así fue. Como estábamos sacando muchos libros, yo tenía material de canje. Entonces iba a Brasil, a Belo Horizonte o a São Paulo, y les decía: “Bueno, llevo diez libros, me dan diez revistas o quince revistas, lo que fuese”. Era el trueque. Y bueno, he sido una suerte de traficante de libros… Con ese sistema armé la colección de revistas que es la más grande que hay sobre arquitectura latinoamericana, sin duda.
¿Por qué era tan importante que el CEDODAL tuviera una mirada regional?
Yo no quise hacer un proyecto argentino, yo quise hacer un proyecto latinoamericano: el Centro de Documentación de Arquitectura Latinoamericana. Es así. Por lo tanto, todos los que dieron algo, de cualquier país, tienen que saber que está acá, pero que es de todos. Esa fue la decisión.
¿Qué significa para usted saber que cualquier persona, dentro de muchos años, va a poder seguir teniendo acceso a todos esos documentos, a tanta historia y tanto pasado, a partir de este trabajo?
Michel Quoist, que era un escritor francés, decía que lo importante en la vida es ser un ladrillo del cimiento. No de la fachada…
La frase quedó flotando en la conversación. Hacia el final y entre lágrimas, Ramón volvió sobre aquella misma imagen:
“Acordate siempre de eso: que el ladrillo que está en el cimiento es tan importante como el de la fachada”.
Pocas semanas después de aquella conversación, Ramón Gutiérrez falleció a los 86 años. Hoy, esas palabras adquieren una dimensión especial. No solo por la ausencia de quien las pronunció, sino porque permiten volver sobre el sentido de una obra que nunca se entendió desde la individualidad. El CEDODAL fue construido con el aporte de muchas personas, de distintos países y generaciones, y nació de una convicción que Ramón repitió durante toda la entrevista: la memoria necesita ser preservada para que el conocimiento pueda continuar.
Su legado queda allí, en los documentos reunidos, en las investigaciones, en los libros, en las redes que ayudó a construir y en quienes encontraron en su trabajo una manera diferente de mirar la arquitectura y América Latina. Un legado que, fiel a aquella imagen que eligió para explicarlo, no busca ocupar la fachada, sino sostener el edificio que otros seguirán construyendo.









