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“Hacer escuela” para afrontar los desafíos de la educación: “El objetivo central es el desarrollo del pensamiento racional”

En una nueva edición de Puentes, la especialista Silvina Gvirtz analiza el valor de la cooperación, el impacto de la inteligencia artificial, la formación docente y las transformaciones que atraviesan los sistemas educativos.

La educación enfrenta un escenario de cambios profundos. La incorporación de nuevas tecnologías, las transformaciones sociales y culturales, y la necesidad de garantizar aprendizajes de calidad plantean desafíos que exceden a las escuelas y requieren el compromiso de múltiples actores. En ese contexto, la cooperación, la construcción de consensos y el fortalecimiento de las capacidades de gestión adquieren un papel cada vez más relevante para impulsar políticas educativas sustentables.

Experiencias como Hacer Escuela reflejan ese camino. El proyecto, radicado en la Oficina en Argentina de la OEI, reúne a gobiernos, organizaciones, empresas y organismos internacionales con el objetivo de acompañar a equipos docentes, directivos y de supervisión en distintas provincias del país, a partir de propuestas construidas según las necesidades de cada territorio. Esa experiencia sirve como punto de partida para una reflexión más amplia sobre el presente y el futuro de la educación.

En este nuevo episodio de Puentes, conversamos con Silvina Gvirtz, doctora en Educación, profesora de la Universidad Nacional de San Martín, investigadora del CONICET y asesora general del programa Hacer Escuela.

¿Cómo nació el proyecto Hacer escuela?

El proyecto tiene sus antecedentes en Escuelas del Bicentenario, una iniciativa que comenzó alrededor de 2006 con un propósito que en ese momento era innovador: construir una agenda común entre el Estado y el sector privado para mejorar la educación. Entendíamos que los desafíos educativos eran demasiado complejos para ser abordados por un único actor y que las empresas podían realizar aportes valiosos, no solo en términos de financiamiento, sino también de capacidades de gestión, innovación y articulación.

La experiencia fue muy significativa. Trabajamos con alrededor de 400 escuelas de distintas provincias, implementamos evaluaciones diagnósticas y de cierre para medir los avances, involucramos a más de 40 empresas y desarrollamos acciones junto con seis jurisdicciones. Ese recorrido nos permitió identificar con mayor precisión dónde estaban algunos de los principales desafíos del sistema educativo.

A partir de ese aprendizaje nació Hacer Escuela. La principal diferencia es que el foco dejó de estar exclusivamente en las escuelas para fortalecer, también, otro nivel estratégico del sistema: los equipos de supervisión y los directivos. Son ellos quienes acompañan a los docentes, sostienen los procesos de mejora y generan las condiciones para que las innovaciones se consoliden y tengan escala.

Con el tiempo, además, el proyecto amplió su alcance. Ya no trabajamos únicamente sobre la gestión institucional, sino también sobre la gestión de la enseñanza. Esto implica analizar cómo se conducen los procesos pedagógicos, cómo se acompaña el trabajo docente y cómo se generan mejores condiciones para que los estudiantes aprendan más y mejor, especialmente en Lengua y Matemática.

Una característica del programa es que no ofrece soluciones estandarizadas. Trabajamos junto a cada provincia a partir de sus prioridades, sus capacidades y sus problemas concretos. Esa construcción situada, basada en la cooperación y el respeto por las particularidades de cada contexto, es probablemente una de las razones por las que el programa ha logrado sostenerse y ser valorado por quienes participan.

¿Qué papel cumplen la cooperación y la articulación en este proyecto?

Cumplen un papel constitutivo. De hecho, sin cooperación el proyecto perdería su sentido. Requiere la articulación de capacidades, conocimientos y experiencias diversas.

En Hacer Escuela esa cooperación se construye entre el Estado, el sector privado y un organismo intergubernamental como la OEI, pero el verdadero valor no radica únicamente en que cada actor aporte recursos o conocimientos, sino también en la posibilidad de construir un propósito compartido: mejorar los aprendizajes de los estudiantes.

Cada uno realiza contribuciones diferentes. Los ministerios aportan la conducción de las políticas públicas y el conocimiento del sistema; las empresas pueden sumar capacidades de innovación, gestión y organización; los organismos internacionales ofrecen una perspectiva comparada y una mirada regional; mientras que los supervisores, directivos y docentes acercan un saber insustituible: el conocimiento profundo de la realidad cotidiana de las escuelas y la capacidad de gestionarlas.

Creo que uno de los mayores desafíos de las políticas educativas contemporáneas consiste justamente en generar espacios donde esos saberes dialoguen. Las mejores soluciones rara vez surgen de una única mirada; suelen construirse a partir del intercambio entre perspectivas diferentes, siempre que exista un objetivo común y una escucha genuina entre los actores involucrados.

Por eso también damos mucha importancia a la evaluación permanente del propio proyecto. Al finalizar cada instancia consultamos a quienes participaron, analizamos qué funcionó, qué debería modificarse y qué nuevos desafíos aparecen. Esa lógica de aprendizaje continuo es parte de la identidad del programa y una condición para que cualquier política educativa pueda mejorar con el tiempo.

¿Cómo afectan los avances tecnológicos y el presente tan dinámico?

Me considero una optimista moderada respecto del desarrollo tecnológico y, en particular, de la inteligencia artificial generativa. Creo que estamos frente a una herramienta que va a permitir expandir el potencial de las personas, siempre que se la utilice como un asistente y no como un sustituto del pensamiento humano.

Ahora bien, el entusiasmo por la innovación no debería hacernos perder de vista aquello que la evidencia muestra. En los primeros años de escolaridad, el libro impreso sigue ocupando un lugar insustituible en los procesos de alfabetización. Para muchos niños, especialmente en contextos de mayor vulnerabilidad, la escuela representa el principal acceso a materiales de calidad y el libro constituye una herramienta fundamental para continuar aprendiendo también fuera del aula.

En la educación secundaria el escenario es diferente. Allí las computadoras y otros dispositivos con teclado adquieren un papel cada vez más relevante porque permiten producir conocimiento, escribir, investigar, programar, analizar información y trabajar colaborativamente. La discusión, entonces, no debería plantearse en términos de libro o tecnología, sino de cuáles son las herramientas más adecuadas para cada etapa del desarrollo y para cada objetivo pedagógico.

Más allá de los soportes, creo que la pregunta de fondo es qué saberes son irremplazables y deben seguir siendo responsabilidad de la escuela. Hoy la información está disponible en todas partes; lo que escasea es la capacidad para comprenderla, analizarla críticamente y transformarla en conocimiento. Por eso la escuela debe concentrarse en las alfabetizaciones fundamentales: la lectura y la escritura, la alfabetización matemática, científica y tecnológica. Enseñar qué es una evidencia, cómo se formula una hipótesis, cómo se interpreta un gráfico, cómo se distinguen hechos de opiniones y cómo se evalúa la confiabilidad de una fuente son aprendizajes que difícilmente se adquieren de manera sistemática fuera de la escuela.

A esto se suma otra función que considero cada vez más importante: la formación para la convivencia democrática. En una época atravesada por la sobreabundancia de información, la polarización y la circulación permanente de afirmaciones sin evidencia, la escuela cumple un papel profundamente contracultural. Es uno de los pocos espacios sociales donde todavía se aprende que las ideas deben argumentarse, que las afirmaciones requieren evidencia y que el desacuerdo puede resolverse mediante el diálogo, el pensamiento crítico y el respeto por el otro.

En definitiva, la función central de la escuela ya no consiste en transmitir información, sino en formar personas capaces de pensar con autonomía, distinguir conocimiento de opinión y ejercer un juicio racional en sociedades cada vez más complejas.

En este contexto tan desafiante, ¿qué aptitudes debe tener un formador hoy para llevar adelante esta función?

Ser docente hoy probablemente sea una de las profesiones más complejas que existen. Implica enseñar en un contexto de cambio permanente, con tecnologías que evolucionan rápidamente, estudiantes muy diversos y una enorme cantidad de información disponible.

Ser docente hoy requiere poseer un sólido dominio del conocimiento que va a enseñar. No solo debe conocer los contenidos de su disciplina, sino también comprender cómo se construye ese conocimiento, cuál es la evidencia que lo sustenta y cómo promover en sus estudiantes una forma de pensar rigurosa y racional.

Segundo, debe comprender cómo aprenden las personas. Enseñar no consiste únicamente en exponer contenidos; implica diseñar experiencias de aprendizaje, planificar estratégicamente la enseñanza, seleccionar las metodologías más adecuadas para cada contexto, anticipar dificultades, acompañar procesos diversos y generar las condiciones para que todos los estudiantes puedan progresar.

A eso se suma un profundo conocimiento de la didáctica y de la evaluación. Evaluar no es simplemente calificar. Es obtener información relevante sobre los aprendizajes para retroalimentar la enseñanza, identificar obstáculos y tomar mejores decisiones pedagógicas. Una buena evaluación ayuda a aprender; no solo a medir.

Finalmente, el docente necesita desarrollar capacidades relacionales y de trabajo colaborativo. La educación es una tarea colectiva. Construir equipos, dialogar con las familias, trabajar con colegas y con los equipos directivos, escuchar, comunicar con claridad y gestionar los conflictos forma parte del trabajo cotidiano de enseñar.

En definitiva, el docente del siglo XXI es un profesional que integra conocimiento disciplinar, saber pedagógico, capacidad de planificación, pensamiento estratégico, capacidad de reflexión y compromiso ético. Formar docentes con ese perfil constituye uno de los mayores desafíos de las universidades y de los profesorados, porque de la calidad de esa formación depende, en gran medida, la calidad de los aprendizajes de las próximas generaciones.

Ahí hay un foco muy importante: la formación constante de formadores en un mundo tan dinámico…

Sí, permanentemente. Cuando hablamos de mejorar la educación solemos poner el foco en la formación docente, pero muchas veces dejamos de lado una pregunta fundamental: ¿quiénes forman a los docentes? Ahí tenemos uno de los principales cuellos de botella del sistema. Si no contamos con buenos formadores, difícilmente podamos mejorar de manera sostenida la calidad de la enseñanza.

La formación docente no mejora por la cantidad de cursos que se ofrecen, sino por la calidad y la pertinencia de esas propuestas. Necesitamos instancias de formación rigurosas, basadas en evidencia y estrechamente vinculadas con la práctica, que ayuden a los docentes a enfrentar los desafíos reales que encuentran todos los días en las aulas.

Por eso es importante jerarquizar la formación de formadores. Quienes forman docentes deberían contar con una sólida preparación académica, pero también con experiencia concreta en las escuelas de los niveles para los que forman. Solo así pueden tender puentes entre la teoría y la práctica y ofrecer herramientas que resulten verdaderamente útiles para mejorar la enseñanza.

Al mismo tiempo, la formación docente debe preparar para el trabajo en organizaciones complejas. La escuela no funciona a partir de individualidades que actúan en soledad. Los aprendizajes dependen, en gran medida, de la capacidad de sus integrantes para trabajar en conjunto, construir acuerdos, planificar colaborativamente y aprender unos de otros.

En definitiva, mejorar la formación de los formadores no es una política más: es una condición para mejorar de manera sostenida la calidad de la enseñanza y fortalecer las capacidades profesionales de todo el sistema educativo.

La caída en la tasa de natalidad y la consecuente baja en las matrículas de estos últimos años, ¿beneficia o perjudica el rol docente?

Creo que la disminución de la natalidad puede verse como una oportunidad para fortalecer el sistema educativo. Nos brinda la posibilidad de repensar la organización escolar y de generar mejores condiciones para enseñar y aprender en todos los niveles.

En el nivel inicial, por ejemplo, ofrece la posibilidad de ampliar progresivamente la cobertura de la sala de dos años y, al mismo tiempo, favorecer una enseñanza más personalizada. La evidencia muestra que los primeros años de vida son decisivos para el desarrollo, por lo que invertir allí tiene un enorme impacto educativo y social.

En la escuela primaria y en la secundaria, la disminución de la matrícula abre la posibilidad de ampliar gradualmente la jornada escolar. Más tiempo en la escuela permitiría fortalecer los aprendizajes, consolidar las alfabetizaciones fundamentales, desarrollar el pensamiento racional y profundizar la enseñanza de una segunda lengua, una competencia cada vez más necesaria para desenvolverse en el mundo actual.

Ahora bien, una mayor cantidad de horas de clase solo tiene sentido si está acompañada por una transformación curricular. No se trata de agregar más horas a la misma escuela, sino de ofrecer propuestas más relevantes y desafiantes para los estudiantes. El objetivo es construir una escuela que fortalezca las alfabetizaciones fundamentales y el pensamiento racional, pero que también les permita descubrir y desarrollar vocaciones a través de proyectos, experiencias artísticas, tecnológicas, deportivas y otras propuestas formativas.

En definitiva, la disminución de la natalidad puede convertirse en una oportunidad para mejorar la calidad de la educación, siempre que se acompañe de decisiones estratégicas que permitan reorganizar el sistema con una mirada de largo plazo.

A veces uno hasta se vuelve esclavo…

Sí, puede pasar. A veces nos sentimos un poco esclavos. Si no aprendemos a usar la tecnología de manera inteligente, esta puede empezar a condicionar qué leemos, qué miramos, cuánto tiempo dedicamos a cada actividad, qué decisiones tomamos e incluso cómo pensamos y cómo nos relacionamos con los demás.

Por eso, los organismos internacionales hoy hablan de uso problemático de la tecnología. Es un concepto que describe aquellas situaciones en las que su uso empieza a afectar el aprendizaje, el bienestar o la vida cotidiana.

En este punto, la escuela tiene una responsabilidad muy importante. Su tarea no es prohibir la tecnología, sino enseñar a utilizarla de manera crítica, responsable y con autonomía. Ahora bien, eso no significa habilitar el uso permanente de los teléfonos celulares en el aula. Cuando se utilizan dispositivos en la escuela, deberían responder a un propósito pedagógico claro y estar integrados a una propuesta de enseñanza, porque las interrupciones constantes afectan la atención, la concentración y los aprendizajes.

También es importante revisar la idea de que los chicos son “nativos digitales”. En general, tienen un manejo instrumental de los dispositivos, pero eso no significa que sean consumidores inteligentes de tecnología. Saber usar una pantalla no equivale a comprender cómo funciona la tecnología, ni a cómo evaluar críticamente la información o decidir cuándo, cómo y para qué utilizarla.

Por eso, la escuela debe formar estudiantes que no sean consumidores pasivos, sino usuarios inteligentes y autónomos. Y, cada vez más, debería ayudarlos a convertirse también en productores de tecnología y de conocimiento, capaces de crear, innovar y poner esas herramientas al servicio del desarrollo humano y del bien común.

Vinculando esto con la actualización curricular, ¿existe el desafío de convertir a la escuela en un ámbito más atractivo para chicos sobre estimulados por la tecnología, cuya capacidad de concentración se ve afectada?

En parte sí. La escuela tiene que ser un lugar donde los estudiantes quieran aprender. Ahora bien, no debemos confundir una escuela más atractiva con una escuela que no exija esfuerzo. Aprender siempre implica un desafío intelectual, dedicación y perseverancia. El problema no es el esfuerzo, sino cuando ese esfuerzo no tiene sentido para quien aprende.

Pensemos en cualquier deportista de alto rendimiento. Disfruta de su disciplina, pero detrás de ese disfrute hay años de entrenamiento, práctica, disciplina y constancia. Con el estudio ocurre exactamente lo mismo. El aprendizaje requiere esfuerzo y nadie puede hacerlo por otro. Es un proceso personal e intransferible.

Por eso creo que la escuela debe transformarse, especialmente en el nivel secundario. Necesita ofrecer propuestas más interesantes, conectar mejor los contenidos con los problemas del mundo actual, incorporar proyectos, fortalecer las alfabetizaciones fundamentales y desarrollar el pensamiento racional. Una escuela intelectualmente desafiante puede ser, al mismo tiempo, una escuela en la que los estudiantes quieran estar.

Eso no significa renunciar a la disciplina, a la puntualidad ni al compromiso con el estudio. Al contrario. La escuela debe formar personas capaces de sostener un esfuerzo en el tiempo, porque aprender siempre exige tiempo, esfuerzo y perseverancia. Ese sigue siendo uno de los aprendizajes más importantes que la escuela puede ofrecer.

¿La cultura Maker puede ser una opción en esa línea?

Sin duda. En La Matanza estamos desarrollando, junto con Ticmas, el programa Mundo Maker, que incorpora robótica y tecnología en las escuelas. Los estudiantes ya participan en proyectos concretos y los docentes continúan fortaleciendo su formación para integrar estas propuestas a la enseñanza. La experiencia está siendo muy positiva, tanto por el entusiasmo que genera como por las oportunidades de aprendizaje que abre.

Lo más valioso de este enfoque es que propone aprender haciendo y resolviendo problemas concretos. Cuando un estudiante necesita construir un prototipo, programar un robot o encontrar una solución para un desafío determinado, aparecen naturalmente preguntas que lo llevan a buscar explicaciones, formular hipótesis, ponerlas a prueba y comprender conceptos de distintas disciplinas.

Por eso la cultura Maker no reemplaza a la teoría; la vuelve necesaria. La práctica despierta la curiosidad y genera el contexto para que el conocimiento adquiera sentido. En lugar de aprender conceptos de manera aislada para después intentar aplicarlos, los estudiantes parten de un problema y descubren que necesitan la teoría para resolverlo.

Creo que esa integración entre teoría y práctica es uno de los caminos más prometedores para fortalecer los aprendizajes y desarrollar capacidades como la meta cognición, la creatividad, la resolución de problemas y el trabajo colaborativo.

Esto se conecta con articular la práctica con la teoría, algo fundamental también en Hacer Escuela…

Totalmente. Es uno de los pilares del programa como logramos una mejor articulación entre la teoría y la práctica. La teoría es indispensable porque nos permite comprender el mundo, pero los aprendizajes se vuelven más significativos cuando los estudiantes descubren para qué sirven y pueden aplicarlos a situaciones concretas.

Por eso la escuela secundaria debería incorporar con mayor fuerza algunos saberes útiles para la vida cotidiana, como aprender a elaborar un presupuesto o comprender cómo funciona un crédito. Eso no significa reducir la escuela a aprendizajes exclusivamente utilitarios. Muchos conocimientos tienen un enorme valor precisamente porque desarrollan modos de pensar. El álgebra es un buen ejemplo: más allá de sus aplicaciones concretas, enseña a trabajar con abstracciones, identificar relaciones y resolver problemas de manera lógica.

También es importante desarrollar la metacognición, es decir, que los estudiantes aprendan a reflexionar sobre cómo aprenden, qué estrategias utilizan y cómo pueden mejorar. Esa capacidad es fundamental para seguir aprendiendo a lo largo de toda la vida.

Si ese es el propósito de la escuela, también necesitamos repensar la manera en que diseñamos el currículum. Deberíamos definir primero qué conocimientos, capacidades y competencias queremos que tenga un estudiante al finalizar cada nivel educativo.

Me gusta compararlo con el trabajo de un arquitecto. Ningún arquitecto comienza una obra sin un plano. Sería impensable que los obreros empezaran a colocar los ladrillos según su propio criterio. En educación deberíamos hacer lo mismo: definir primero el perfil de egreso y, a partir de allí, organizar progresivamente los aprendizajes.

Para lograrlo es imprescindible el trabajo en equipo entre los docentes. El objetivo de la escuela no es simplemente enseñar. sino lograr que los estudiantes aprendan. Si un docente explica durante cuatro horas, pero los alumnos no comprenden, la tarea no está cumplida. La verdadera medida de una buena enseñanza es la calidad de los aprendizajes que logra generar.

Respecto a Hacer Escuela y a la singularidad de cada lugar, ¿la inteligencia artificial ayuda en la generación de datos para la toma de decisiones?

Sin duda. La inteligencia artificial puede ser una gran aliada para la gestión educativa porque permite analizar grandes volúmenes de información, identificar patrones y generar evidencia para la toma de decisiones. Puede ayudar a detectar problemas de asistencia, trayectorias escolares, resultados de aprendizaje o necesidades de formación docente mucho más rápidamente que antes.

Pero el verdadero desafío empieza después del diagnóstico. Si, por ejemplo, una escuela tiene un problema de alta repitencia, no alcanza con saber que existe. Hay que desagregar la información: analizar en qué materias ocurre, con qué estudiantes, en qué cursos o si existen otros factores que ayudan a explicarlo. Esa capacidad de formular nuevas preguntas, profundizar el análisis e interpretar los datos sigue dependiendo de los equipos directivos y docentes. La inteligencia artificial puede acelerar ese proceso, pero las decisiones pedagógicas continúan siendo una responsabilidad humana.

Por eso, en Hacer Escuela ya diseñamos propuestas de formación para que los equipos directivos aprendan a utilizar la inteligencia artificial generativa como una herramienta para la gestión. No se trata simplemente de incorporar una nueva tecnología, sino de desarrollar capacidades para formular mejores preguntas, interpretar la información disponible y tomar decisiones más fundamentadas.

¿Contrapones la idea de la IA como asistente a la del reemplazo del docente?

Sí, claramente. Creo que estamos frente a una tecnología con un enorme potencial para expandir el potencial de las personas, siempre que la utilicemos como un asistente y no como un sustituto del pensamiento humano. Puede ayudarnos a organizar información, analizar datos, generar alternativas o revisar un texto en pocos segundos, pero no puede reemplazar el juicio profesional, la creatividad, la sensibilidad pedagógica ni la responsabilidad ética de un docente.

Además, la inteligencia artificial generativa también se equivoca. Puede cometer errores, inventar información, reproducir sesgos o proponer respuestas poco adecuadas para un determinado contexto. Justamente por eso el valor diferencial seguirá estando en las personas: en su capacidad para detectar esos errores, cuestionar los resultados, formular mejores preguntas y utilizar la herramienta con criterio. Cuanto más poderosa sea la inteligencia artificial, más importante será fortalecer el pensamiento racional y el pensamiento crítico.

¿Y en la evaluación?

La inteligencia artificial nos obliga a repensar la evaluación, no porque vuelva imposible evaluar, sino porque nos obliga a precisar qué queremos evaluar. Si el propósito es verificar la comprensión de un texto, de un concepto o de un tema estudiado, probablemente debamos recuperar con mayor frecuencia instancias presenciales, orales o escritas, en las que los estudiantes expliquen con sus propias palabras, fundamenten sus respuestas y hagan visible su razonamiento.

En cambio, cuando el objetivo es analizar un caso, resolver un problema complejo o desarrollar un proyecto, la inteligencia artificial generativa puede formar parte del proceso. Lo importante es que las consignas estén diseñadas de tal manera que no puedan resolverse únicamente recurriendo a la IA, sino que exijan comprender la situación, tomar decisiones, justificar los criterios utilizados e integrar distintos conocimientos. En esos casos, la inteligencia artificial puede convertirse en una herramienta de trabajo, pero nunca reemplazar el proceso intelectual del estudiante.

La evaluación también debe valorar no solo las respuestas, sino la calidad del razonamiento que las sustenta. Debe ayudar a comprender cómo piensa un estudiante, qué estrategias pone en juego, cómo justifica sus decisiones, cómo revisa sus propios errores y cómo utiliza las herramientas disponibles para construir conocimiento. En otras palabras, también debería evaluar aspectos metacognitivos, porque aprender no consiste solo en llegar a una respuesta correcta, sino en comprender el proceso que llevó a ella.

¿Los trayectos de carreras largas son una limitación para los jóvenes de hoy? ¿Es algo que hay que repensar?

Creo que sí hay aspectos que vale la pena revisar. Tanto en las universidades como en los institutos superiores de formación docente y técnica existen carreras de cuatro o cinco años que, en algunos casos, podrían ofrecer algún reconocimiento formal a quienes completan una parte importante de su recorrido. Así, un estudiante que haya cursado y aprobado dos o tres años podría contar con una certificación que reconozca los saberes y competencias adquiridos.

En algunas disciplinas podría ser interesante pensar en certificaciones intermedias que reconozcan esos aprendizajes. En otras, por la naturaleza de la formación profesional, probablemente resulte mucho más difícil o directamente no sea conveniente. Es un debate que merece darse con seriedad en cada campo de conocimiento, sin perder de vista que el objetivo debe ser reconocer las trayectorias de los estudiantes sin afectar la calidad de la formación.

También vale la pena revisar la duración de algunas carreras a la luz de los estándares internacionales. Pero esa discusión no debería centrarse únicamente en la cantidad de años, sino, sobre todo, en qué conocimientos, capacidades y competencias queremos que desarrollen los estudiantes al graduarse.

En definitiva, más que discutir solamente cuántos años debe durar una carrera, creo que deberíamos pensar cómo organizar recorridos formativos que, cuando sea posible, reconozcan los avances de los estudiantes, sin resignar la calidad ni la exigencia académica que requiere cada profesión.

¿Cuál es el objetivo principal de la escuela hoy?

Hoy la escuela es más necesaria que nunca. Vivimos en una época en la que tenemos acceso a una enorme cantidad de información, pero eso no significa que comprendamos mejor el mundo. La sobreabundancia de información no produce necesariamente más conocimiento ni una mejor democracia. Frente a ese escenario, la escuela tiene una misión irremplazable: desarrollar el pensamiento racional.

Eso supone enseñar a distinguir evidencia de opinión, conocimiento de información y pensamiento racional de pensamiento dogmático. En una sociedad que muchas veces premia la reacción inmediata, la escuela debe enseñar a formular preguntas, analizar distintas perspectivas y construir conclusiones fundamentadas.

Pero ese no es su único desafío. También debe desarrollar la creatividad, la capacidad de pensar de manera independiente, de trabajar con otros y de reflexionar sobre el propio aprendizaje. La metacognición -la capacidad de comprender cómo aprendemos, cómo razonamos y cómo podemos mejorar- será cada vez más importante en un mundo donde el conocimiento cambia permanentemente.

Al mismo tiempo, creo que es importante reconocer que la escuela no puede hacerlo todo. Con frecuencia la sociedad le asigna nuevas responsabilidades y espera que resuelva problemas muy diversos. Sin embargo, el tiempo de enseñanza es limitado. Justamente por eso resulta indispensable definir con claridad cuáles son los aprendizajes esenciales y organizar el currículum en función de esas prioridades. Enseñar supone, también, elegir qué enseñar.

Por eso sigo pensando que la escuela es una institución profundamente contracultural. Mientras buena parte del ecosistema digital favorece la inmediatez, la confirmación de las propias creencias y la fragmentación de la atención, la escuela debe ofrecer un espacio para pensar con rigor, dialogar con quienes piensan distinto, revisar las propias ideas a la luz de la evidencia y construir conocimiento de manera colectiva. Esa es, probablemente, una de sus contribuciones más importantes para la democracia y para el futuro de nuestras sociedades.