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Un lugar en la mesa: el impacto de la comida casera en la comunidad del Primer Umbral Papa Francisco

Lo que comenzó como una mejora edilicia terminó generando nuevas formas de encuentro, pertenencia y acompañamiento en el centro del Barrio Padre Carlos Mugica.

Hay un momento del día en que la puerta no descansa. Es después de las cinco de la tarde, cuando el ruido se vuelve insistente, como un tambor que no afloja. Golpes secos, repetidos. Del otro lado hay alguien que para muchos es invisible, pero que necesita algo. Un turno, un documento, una charla, una segunda oportunidad. O simplemente entrar.

Adentro, el tiempo no se detiene, pero se acomoda distinto. Se llena de rutinas que intentan sostener lo que afuera se rompió, visibilizar lo que desde afuera no se ve, pero casi siempre se juzga. El Centro de Inclusión Social Primer Umbral Papa Francisco, ubicado en el barrio Padre Carlos Mugica, funciona las veinticuatro horas, los trescientos sesenta y cinco días del año. No hay pausa. Siempre hay alguien que llega. Siempre hay alguien que golpea.

Sebastián Martín Beraja está acostumbrado a ese sonido. Es enfermero. Trabaja ahí desde antes de que el lugar cambiara su lógica.

—Recibimos a personas en situación de calle, de extrema vulnerabilidad —explica—. Y tratamos de acompañarlas.

Acompañar, en este contexto, no es una palabra liviana. Es hacer trámites, gestionar documentos, conseguir turnos médicos, iniciar tratamientos de salud mental, buscar familias que muchas veces no aparecen y, sobre todo, escuchar. Es sostener procesos largos, irregulares, que no siempre tienen un final claro o un final feliz.

Son ciento noventa y seis personas. Hombres. Algunos llegan por unos días. Otros se quedan meses. Algunos, más de un año.

—Siempre es poco —expresa Sebastián sobre el equipo de trabajo—. Somos entre treinta y cuarenta personas. Pero las demandas son muchas.

Después de las cinco, la puerta lo confirma. Pero no se queja, ayuda.

De la oficina pasamos a la cocina. Antes, la comida llegaba en bandejas, cuentan. Un contenedor de telgopor con porciones armadas, listas para repartir. Sin olor. Sin espera. Sin ese tiempo previo que en cualquier casa anticipa el almuerzo o la cena.

—No hay nada mejor que una comida recién hecha —afirma Ángel Martiramis, operador del lugar.

Hecha ahí. Con tiempo. Con alguien que cocina sonriendo para otro alguien que la recibe sonriendo. Ese cambio no fue casual. La cocina que hoy funciona en el centro se armó a partir de una decisión, de una idea que tenía que ver con algo más que alimentar. La renovación fue posible gracias a un convenio entre Hogares de Cristo, la Secretaría de Trabajo, Empleo y Seguridad Social del Ministerio de Capital Humano de la Nación y la Organización de Estados Iberoamericanos (OEI). El acuerdo permitió equipar el espacio con hornos, freezers, islas de trabajo y utensilios. Todo se materializa en algo concreto: olor a cebolla salteada, a comida recién preparada, a horno encendido.

—La cocina le da algo más de hogar a esto —señala Sebastián—. Es diferente.

Mabel Segovia lo vivió en carne propia.

Hace dos años que trabaja ahí. Turno mañana. A las ocho arranca. Antes tenía una sola cocina para ciento cincuenta personas.

—Era luchar contra el tiempo —recuerda—. Corríamos todo el día.

Corrían para que el guiso alcanzara, para que el estofado no se quemara, para que el fuego no se apagara.

—Se hacía lo que se podía —comenta entre risas.

Lo que se podía era simple. Guisos, estofados, comida rendidora. No había margen para mucho más. Hasta que después llegaron los hornos.

—Uf, fue un alivio —asegura.

Con los hornos llegaron las milanesas, el pastel de papa, el pollo al horno, la pizza. Llegó la posibilidad de elegir, de variar, de planificar.

—Nos cambió mucho la forma de cocinar.

Los freezers permitieron guardar mercadería, organizar mejor, pensar a futuro. Pero hay algo más, algo que no entra en una lista de equipamiento.

—Ellos dicen que les recuerda a sus mamás o a sus abuelas —cuenta Mabel.

Ese “ellos” son los hombres que viven ahí, que llegan con historias pesadas, con recorridos duros, con vínculos rotos que alguna vez fueron enteros. La comida aparece entonces como otra cosa. No solo como alimento. Como recuerdo.

Ángel lo explica desde otro lugar.

—Cuando uno está en consumo, en situación de calle, está aislado de todo eso —plantea.

“Todo eso” es la mesa, la familia, la televisión encendida, la charla mientras se cocina.

—Pequeños detalles —reflexiona—. Pero marcan la diferencia.

Por eso el olor importa.

—Entrás y ya sentís la cebolla —describe—. Y te preguntás: “¿Qué están cocinando?”.

Ese olor trae algo que estaba lejos. Algo que se había perdido.

—La comida hecha con amor —resume.

La palabra aparece, sin énfasis. Como si fuera obvia.

Cada uno cumple su rol. Las cocineras. Los operadores. Los que trabajan en la oficina. Los que atienden la puerta. Los que sostienen.

—Todos tiramos para lo mismo.

Cocinar para ciento cincuenta personas no es lo mismo que cocinar en una casa, pero hay algo que se parece. Tal vez en la repetición de una pregunta:

—¿Qué vamos a comer hoy?

Ahora, esa pregunta tiene respuesta.

—Están esperando —cuenta Mabel—. Preguntan.

Ahora se sirve en platos, como en casa. Y en ese cambio aparece algo que se repite en todos los relatos: la idea de hogar.

Las mesas también cambiaron. Antes estaban separadas. Grupos chicos, cada uno en su lugar. Ahora están juntas.

—Para que sea más familiar.

La palabra vuelve, otra vez. Familiar.

—Compartir —destaca—. Tirar la chispita.

La chispa es mínima. Pero alcanza para algo. Sentarse juntos. Compartir. Escuchar.

—Ese plato de comida significa un montón —dice Ángel y sonríe.

Para alguien que viene de comer en la calle, de buscar restos, de arreglarse como puede, sentarse a una mesa y tener un plato caliente es otra cosa.

—Es un montón —reafirma.

El CIS trabaja con psicólogos, con derivaciones, con acompañamiento. Pero no hay soluciones rápidas. Son casos complejos. Historias sin resolver.

Afuera, la ciudad sigue su ritmo, con su locura. Adentro, el tiempo se arma con otras reglas, con su respeto. A las ocho, la cocina arranca. A las doce, se sirve. A la tarde, la puerta suena. A la noche, la mesa se llena otra vez.

Alguien pregunta qué hay de comer.

Alguien disfruta de ese olorcito a comida rica.

Alguien dice que le recuerda a su mamá.

Alguien —casi todos— pide repetir.

Alguien —casi todos— sonríe.

Alguien —casi todos— pronuncia un gracias.

Alguien da. Alguien recibe. Una comida que hace sentir a otro alguien, aunque sea por un rato, que todavía puede estar en casa.

Publicado el 11 Jun. 2026