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Educación, talento y tecnología: el camino de dos hermanos argentinos hacia la élite mundial de la robótica

La historia de Agustín y Francisco Gómez Jacod, quienes representaron al país en el último Mundial de Japón.

A veces el futuro se presenta como una calle repleta de pozos, pero puede empezar a transformarse en una autopista con una caja de repuestos impresos en 3D. Los hermanos Gómez Jacod -entre ambos no llegan a los 40 años- saben algo de eso. Agustín tiene 21 años y la calma de quien ya sabe lo que quiere. Francisco, de 19, es de los que entienden que esfuerzo y talento son una combinación imbatible. Y lo saben no solo porque lo leyeron o lo escucharon sino porque ellos son la prueba de eso. Son los hermanos que conocen el secreto para que unos pequeños bloques de metal y silicio de diez centímetros se transformen en gladiadores autónomos capaces de conquistar ya no el Coliseo pero sí Brasil y desafiar a Japón. Ellos son campeones en robótica de competición.

La génesis: del aula al dojo

Todo empezó en el Instituto Cardenal Stepinac, una escuela secundaria de la ciudad bonaerense de Hurlinghan. No fue cuestión de suerte ni una clase aburrida sino la combinación perfecta de un profesor que motiva y el método del «aprender haciendo». En el colegio, la robótica no era una promesa abstracta, sino un fixture: en tercero el desafío era un triatlón, en cuarto un robot de fútbol manejado con el celular, en quinto un seguidor de línea.

Pero para los Gómez Jacod, el programa escolar se quedó corto. En 2018, Agustín empezó a merodear los recreos de los profesores más grandes preguntando lo que nadie preguntaba. «Armé un seguidor de línea y ahí empezó todo», recuerda. Francisco, que todavía estaba en la primaria, miraba el despliegue de cables de su hermano mayor con la fascinación de quien ve un acto de magia que quiere aprender a realizar y conocer todos sus trucos.

Entonces llegó la pandemia y el mundo se detuvo, pero no el de los hermanos. Sin clases presenciales, la habitación se convirtió en un laboratorio de I+D. Empezaron a competir por Zoom en torneos de Colombia, Canadá y México. Allí entendieron que la robótica tiene un idioma universal: el reglamento. “Si cumplís con los 500 gramos y los 10×10 centímetros, tu robot de San Miguel puede pelear en una arena de Tokio sin traductores”, explican.

El Mini Sumo: 500 gramos de estrategia pura

Lo que hacen no es a control remoto, tampoco hay un joystick ni un cable que los una a la creación. Una vez que el robot pisa el dojo —un círculo negro con borde blanco que imita al deporte japonés—, el robot está solo. Es autónomo.

—Es como las aspiradoras que limpian el piso —ejemplifica Agustín para hacer más fácil el entender—, pero con instinto de pelea.

Los robots se buscan, se perciben mediante sensores y deciden cuándo embestir para sacar al rival del círculo. Es una danza de milisegundos donde se pone en juego la frustración y la astucia. En el último torneo en Brasil, la eficiencia fue total: primer, segundo y quinto puesto. Coparon el podio. Pero esa victoria no fue solo software; fue infraestructura y muchas horas de trabajo y concentración.

La mano de la OEI: el repuesto que faltaba

El año pasado, luego de ganar un torneo organizado por la UTN en Bahía Blanca, apareció un aliado inesperado: la Organización de Estados Iberoamericanos (OEI). El organismo concibe la educación, la ciencia y la cultura como herramientas para el desarrollo humano y generadoras de oportunidades que nos permitirán construir un futuro mejor para todos. Por eso, el premio no fue un trofeo de plástico ni un cheque para la foto; fue un incentivo de dos millones de pesos en insumos.

—Pedimos una impresora 3D de filamento y otra de resina —cuenta Francisco—. Teníamos el Mundial de Japón en un mes y necesitábamos repuestos de alta calidad.

Ganaron el torneo y se llevaron la impresora. Agustín destaca que esa máquina «no paró» desde que llegó. Fue un mes entero de imprimir chasis y piezas con una precisión que la vieja impresora de la casa no alcanzaba. Sin ese salto tecnológico, los robots que terminaron quinto y sexto en el mundo entre más de 400 competidores habrían sido una versión más rudimentaria, más vulnerable.

El «Ingenio Argentino» vs. El Capital

Cuando caminan por los boxes de torneos internacionales, los Gómez Jacod notan la diferencia. En otros países, las universidades privadas manejan presupuestos que parecen de producciones de Hollywood. Pero ahí aparece el diferencial rioplatense, el adn argentino.

—A veces no podían comprender cómo, con componentes comunes y no tan específicos, lográbamos robots que estaban al mismo nivel o mejor que los de afuera —dice Agustín.

No es «atarlo con alambre», es diseño intelectual. Es pasar horas frente a la pantalla optimizando una placa que acá cuesta el triple conseguir. Es la astucia de adaptar lo que hay para que rinda como lo que no se tiene.

Más allá del juego

Para Agustín y Francisco, la robótica es la puerta de entrada a la industria 4.0. Los mismos principios que usan para que su Mini Sumo gane una pelea son los que mueven a los robots humanoides, a las cortadoras de pasto automáticas o a los sistemas logísticos que ordenan pallets en depósitos gigantes.

Pero hay algo más, algo que no se programa: la gestión de la derrota. Francisco lo tiene claro: se aprende a trabajar en equipo, a tolerar cuando el sensor falla el día anterior a la presentación y a entender que el éxito es un proceso de error constante.

Hoy, con el pase garantizado para volver a Japón en diciembre, los hermanos Gómez Jacod siguen en su taller. Entre el olor a estaño y el zumbido de la impresora 3D, estos dos estudiantes de la UTN (Universidad Tecnologica Nacional) demuestran que, a veces, para entender hacia dónde va el mundo, solo hace falta mirar lo que dos jóvenes apasionados arman en el living de su casa.

—En otros países el capital para prototipos es mayor —reflexiona Francisco—, pero nosotros, por suerte, tuvimos la ayuda de la UTN con los pasajes y de la OEI con las máquinas.

La brecha no es intelectual; es de componentes. Agustín explica que el ingenio argentino sigue siendo el motor principal. «Adaptamos lo que hay para lograr el mismo nivel de los equipos de afuera. En Ecuador y Brasil no podían creer que con componentes comunes lográramos robots así».

La capacidad de observación es su arma secreta. En los torneos, mientras otros equipos exhiben presupuestos de miles de dólares, los hermanos Gómez Jacod se dedican a leer al rival. Miran cómo se mueve el robot contrario en el dojo, cómo reacciona, cuál es su debilidad. «La capacidad de observación es vital porque te podés enfrentar a cualquiera», explican. Tan efectivo es su método que en los últimos viajes a Ecuador y Brasil eran los extranjeros quienes se acercaban a preguntarles a ellos: ¿Cómo lo hicieron? ¿Qué motores usan? ¿Cómo lograron esa velocidad con esos materiales?

La ingeniería de la valija

El viaje a Japón fue un máster en logística. Las impresoras 3D de alta resolución fueron el corazón de la preparación. Los robots que los hermanos vienen puliendo desde hace cinco años necesitaban una actualización radical: debían ser más compactos, más precisos, más letales.

—Tuvimos que imprimir repuestos durante semanas —recuerda Agustín—. En estos torneos, el chasis se puede romper en un segundo. Como no podíamos llevar la impresora en el avión, despachamos casi tres robots de repuesto por cada uno que competía.

Es una mentalidad de ingeniero aplicada a la supervivencia. Pensar en Excel, prever la avería antes de que ocurra, entender que un viaje de más de 30 horas puede descalibrar un sensor. Llevaron el chasis en la valija y la estrategia en la cabeza.

Mucho más que cables: una escuela de resiliencia

Si les preguntan a los hermanos por qué la robótica debería estar en todas las escuelas, la respuesta no es solo técnica. Sí, es una salida laboral directa hacia una industria que hoy busca humanoides y sistemas autónomos, pero el aprendizaje real es invisible.

—Se aprende a afrontar la frustración —dice Francisco, cambiando el tono—. Nos ha pasado: el día anterior el robot andaba perfecto y el día de la competencia, llegás y se quema. Le pasa a la mayoría.

Aprender que el error no es el fin del camino, sino un dato más para reprogramar, es quizás la lección más valiosa. En ese proceso, la relación de hermanos se resignifica. En un ámbito donde la competencia es feroz, ellos encontraron en el otro al socio ideal. «Trabajar en equipo es mil veces mejor; uno tiene una idea, el otro tiene otra y vamos probando», dice Agustín.

Para los Gómez Jacod, el robot es la excusa lúdica para aprender temas técnicos complejos, pero sobre todo para entender que, frente a un problema, siempre hay una lógica que permite desarmarlo y volverlo a armar. No solo son dos chicos ganando torneos; son dos técnicos que ya hablan el idioma del futuro, sentados en el living de su casa en San Miguel, esperando el próximo pase a Japón.

—A veces uno cree que esto es solo jugar —dice Agustín—. Pero después te das cuenta de que estás programando lo mismo que usa un robot que salva vidas o que optimiza una fábrica. Es real.

Se despiden con la timidez de los que prefieren hablar a través de sus códigos. En diciembre, el dojo de Japón los espera nuevamente. No irán solos: en la valija llevan el peso de sus repuestos, el orgullo de San Miguel y la certeza de que, cuando hay un presente tan sólido como apasionado, el futuro siempre tiene forma de autopista.

 

 

 

Publicado el 27 May. 2026